Barcelona, una noche en septiembre
Querida Agata,
Te escribo esta humilde epístola para expresar lo mucho que te extraño. Sos lo primero que pienso cuando me levanto y lo último que pienso cuando me voy a dormir. Llenás mis días de felicidad incluso cuando estás a cientos de kilómetros de distancia, y me parece increíble que alguien pueda sentirse tan presente estando tan lejos.
Estás en mis días de una manera que no sé explicar. En las canciones que escucho, en las cosas que quiero contarte, en los momentos pequeños y en los grandes. Estás en todo aquello que me hace sonreír sin darme cuenta, y en todas esas pequeñas cosas que, por alguna razón, me hacen pensar “ojalá estuviera acá conmigo”.
A veces me gustaría poder guardar los momentos con vos en algún lugar, como cual soldado lleva un relicario, para poder sacarlo cuando te extraño. Guardar tu risa, tus abrazos, la forma en que me mirás, y todas esas cosas que parecen tan insignificantes hasta que ya no están al alcance de la mano.
Te quiero. Más de lo que cabría en una carta, y muchísimo más de lo que cabría entre dos ciudades.
Te mando un beso, siempre tuyo,
Carlos